pedazos sueltos
Tras la conmoción. Tras las palabras esperanzadoras. Vuelta repentina al mundo real. Teófilo miró al piso. Sorpresa. Temor. Indecisión. Se arrodilló. Fue recogiendo los trozos del espejo. Uno a uno. Temblorosamente los fue colocando en la mesa para luego tratar de recomponer su propio rostro y escrutar en forma penetrante si había algo más detrás de él. Ese espejo se había convertido en un instrumento mágico, después de su fracaso con los libros. Fue como armar un rompecabezas. No estaba hecho añicos. Eran trozos más bien
grandes y con bordes definidos. No iba a ser difícil volverlo a armar. ¿Para qué? Por puro gusto, Para tratar de recobrar aquella última mirada. Los fue contando. Uno. Dos. Tres. Cuatro Cinco. Seis. Siete. Eso era todo. Su rostro en siete pedazos. ¿Encerraría ese número siete algún misterio? ¿Sería, por fin, la extraña revelación que esperaba?
Tomó un primer trozo al azar para empezar el armado. Al ir a colocarlo sobre la mesa de luz para comenzar
- ¡Oh! ¿Qué es esto?
Apenas puso sus ojos sobre el cristal este le devolvió una imagen sorprendente. No era ese ser interior de su búsqueda anhelosa. No era la imagen natural de su rostro elegante con esa vigorosa barba juvenil. Eran otros ojos como de fuego que lo miraban con un furor incontenible. Despidiendo rayos.. Escrutadores. Penetrantes. Como tratando de apoderarse de sus entrañas. ¡Una hiena! Sí, ¡una hiena!
- ¿Pero esta es mi imagen? ¿Esa imagen profunda que tanto he buscado? Dentro de mí, en lo más profundo. ¿Eso soy yo realmente? ¿Y no lo sabía? ¡Para eso he buscado tanto! ¿Eso había dentro de mí? Odio. Furor. Venganza. Sed de sangre. ¡Noooooo!
Trató de calmarse. Dejó el trozo de espejo apoyado sobre la mesa y se retiró un paso. Los ojos de la hiena lo seguían y lo seguían...
Se arrodilló y tomó cuidadosamente un segundo trozo.
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